• Paloma Álvarez Andrés

La semilla y el propósito de vida

Actualizado: abr 17

Decía el psiquiatra y maestro Claudio Naranjo: “Cada uno que nace en el mundo es una semilla que cae en un terreno donde falta algo”.

Se trata de una bonita metáfora de la que se podría inferir que descubrir qué es lo que falta y ser capaz de aportarlo a nuestro mundo carente, podría ser considerado nuestra misión o propósito de vida.


No es sencillo sin embargo, ser consciente de ese “algo” que falta en nuestro sistema.


En ocasiones resulta un arduo rompecabezas porque nos cuesta ver lo obvio:

¿Qué es lo que falta?


Lo que “falta” es lo que nos falta, lo que hubiéramos necesitado mas que nada en el mundo en ese terreno de carencia que es la sociedad y más concretamente la familia donde nacemos.

Como adultos, nos es difícil reconocer qué tipo de semilla somos puesto que el tiempo y las experiencias vividas pueden habernos enmascarado. Pero si nos remontamos a nuestra infancia, es más fácil reconocer la tierra carente en la que fue plantada nuestra semilla, pues de niños apreciamos de inmediato la carencia de amor, reconocimiento, valor, cuidados, compasión, solidaridad, justicia, bondad, etc...


El modo en que afrontamos de niños esa carestía que sin duda nos produjo sufrimiento es el origen del desarrollo de los mecanismos de defensa o adaptación que han conformado nuestra personalidad adulta. No obstante, ya adultos, cabría plantearnos si, además de defendernos, adaptarnos o sobrevivir a lo que nos faltó, podríamos ser la semilla que hiciera brotar lo que hacía falta en el terreno o sistema familiar y social donde nacimos.


“Cada semilla encierra un bosque dentro de sí”.

En nuestra mano está discernir si se trata de un bosque de solidaridad, equidad, compasión, amor o bondad. Solo tenemos que observar la carestía del terreno donde nacimos para comprender qué tipo de semilla somos. Y crecer.


Paloma Álvarez Andrés